– ¿Y por qué no lleva el arquitecto los planos él mismo? ¿Por qué no los manda por Internet? Existe un programa para hacerlo, y si el destinatario no lo tiene, ¿por qué no manda los planos en un disco?

– ¿Quién sabe? ¿Qué más da? ¿Por cinco mil dólares y un billete gratis? Pueden mandar los planos en un barco de remos si quieren.

China sacudió la cabeza con incredulidad y siguió preparando la ensalada.

– Suena todo muy sospechoso. Ve tú solo.

– Eh. Estamos hablando de Europa. El Big Ben. La torre Eiffel. El puto Coliseo.

– Lo pasarás estupendamente. Si no te detienen en la aduana con heroína.

– Te digo que es completamente legal.

– ¿Cinco mil dólares por llevar un paquete? Me parece que no, Cherokee.

– Vamos, China. Tienes que venir.

Había algo en su voz, un tono que intentaba disfrazarse de inquietud, pero que se acercaba demasiado a la desesperación.

– ¿Qué pasa? -le preguntó China con cautela-. Será mejor que me lo digas.

Cherokee toqueteó la tira de vinilo alrededor de la parte superior del respaldo de la silla.

– El tema es que… tengo que llevar a mi esposa -dijo.

– ¿Qué?

– El mensajero, quiero decir. Los billetes. Son para una pareja. Al principio no lo sabía, pero cuando el abogado me preguntó si estaba casado, vi que quería que contestara que sí, así que lo hice.

– ¿Por qué?

– ¿Qué más da? ¿Cómo iban a enterarse? Tenemos el mismo apellido. No nos parecemos físicamente. Podemos fingir…

– Me refiero a por qué una pareja tiene que llevar el paquete. ¿Una pareja que vista formalmente? ¿Una pareja que haya hecho algo con su pelo? ¿Algo que los haga parecer inofensivos, legales y libres de toda sospecha? ¡Por favor, Cherokee! Piensa un poco. Esto es algún chanchullo de contrabando, y acabarás en la cárcel.

– No seas paranoica. Lo he comprobado. Estamos hablando de un abogado.



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