
– Mira -empezó China.
– Olvídalo -dijo-. Te parece una estupidez. Te parezco estúpido.
– ¿He dicho yo eso?
– No quiero vivir como el resto del mundo, trabajar de ocho a cinco para otro y por un sueldo irrisorio, pero tú no lo apruebas. Tú crees que sólo existe una forma de vivir, y si alguien tiene una idea distinta, es una gilipollez, una estupidez, y es probable que acabe en la cárcel.
– ¿A qué viene todo esto?
– Lo que se supone que tengo que hacer, según tú, es trabajar por cuatro duros, ahorrar esos cuatro duros y reunir lo suficiente para casarme con una hipoteca y tener niños y una mujer que quizá será más esposa y madre de lo que lo fue mamá. Pero ése es tu proyecto de vida, ¿vale? No el mío.
Tiró la manguera al suelo, donde el agua borboteó sobre el césped polvoriento.
– Esto no tiene nada que ver con el proyecto de vida de nadie. Es sentido común. Piensa en lo que me estás proponiendo, por el amor de Dios. Piensa en lo que te han propuesto.
– Dinero -dijo él-. Cinco mil dólares. Cinco mil dólares que necesito, maldita sea.
– ¿Para comprarte un barco que no tienes ni idea de tripular? ¿Para llevar a la gente a pescar sabe Dios dónde? Piensa bien las cosas por una vez, ¿vale? Si no lo del barco, al menos esa idea de hacer de mensajero.
– ¿Yo? -Soltó una carcajada-. ¿Que yo debería pensar bien las cosas? Y tú ¿cuándo cono vas a hacerlo?
– ¿Yo? ¿Qué…?
– Es asombroso, de verdad. Tú puedes decirme cómo tengo que vivir mi vida mientras tú vives una farsa continua y ni siquiera lo sabes. Y aquí estoy yo, dándote una oportunidad decente para dejarla atrás por primera vez en ¿qué? ¿Diez años? ¿Más? Y lo único que…
– ¿Qué? ¿Dejar atrás qué?
– … haces es increparme. Porque no te gusta mi forma de vivir. Y tú eres incapaz de ver que tu forma de vivir es peor.
