– En absoluto -respondió lord Henry-; nada de eso, mi querido Basil. Pareces olvidar que estoy casado, y el único encanto del matrimonio es que exige de ambas partes practicar asiduamente el engaño. Nunca sé dónde está mi esposa, y mi esposa nunca sabe lo que yo hago. Cuando coincidimos, cosa que sucede a veces, porque salimos juntos a cenar o vamos a casa del Duque, nos contamos con tremenda seriedad las historias más absurdas sobre nuestras respectivas actividades. Mi mujer lo hace muy bien; mucho mejor que yo, de hecho. Nunca se equivoca en cuestión de fechas y yo lo hago siempre. Pero cuando me descubre, no se enfada. A veces me gustaría que lo hiciera, pero se limita a reírse de mí.

– No me gusta nada cómo hablas de tu vida de casado, Harry -dijo Basil Hallward, dirigiéndose hacia la puerta que llevaba al jardín-. Creo que eres en realidad un marido excelente, pero que te avergüenzas de tus virtudes. Eres una persona extraordinaria. Nunca das lecciones de moralidad y nunca haces nada malo. Tu cinismo no es más que afectación.

– La naturalidad también es afectación, y la más irritante que conozco -exclamó lord Henry, echándose a reír.

Los dos jóvenes salieron juntos al jardín, acomodándose en un amplio banco de bambú colocado a la sombra de un laurel. La luz del sol resbalaba sobre las hojas enceradas. Sobre la hierba temblaban margaritas blancas.

Después de un silencio, lord Henry sacó su reloj de bolsillo.

– Mucho me temo que he de marcharme, Basil -murmuró-, pero antes de irme, insisto en que me respondas a la pregunta que te he hecho hace un rato.

– ¿Cuál era? -dijo el pintor, sin levantar los ojos del suelo.

– Lo sabes perfectamente. -No lo sé, Harry.

– Bueno, pues te lo diré. Quiero que me expliques por qué no vas a exponer el retrato de Dorian Gray. Quiero la verdadera razón.



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