
El propio Aldo había sufrido las consecuencias de ese poder: su madre, la princesa Isabelle, a quien sus antepasados habían legado el zafiro, había muerto asesinada. Al igual que había sido asesinado sir Eric Ferráis, el riquísimo comerciante de cañones, asesinato planeado por su suegro —y quizás ejecutado por su mujer—, el conde Solmanski, enemigo jurado del Cojo y empeñado, como él, en localizar las joyas perdidas. Igualmente nefasta era la Rosa de York, el diamante del Temerario, el duque de Borgoña, de destino shakespeariano: media docena de cadáveres tras el anuncio de su puesta en venta en Londres. Sin contar una víctima de Jack el Destripador y algunas más. En cuanto al ópalo, ligado a la trágica leyenda de los Habsburgo, pasando por la de la deslumbrante Sissi y su hijo Rodolfo, había dejado cuatro cadáveres en tierra austríaca sólo en el transcurso del otoño anterior. En todos los casos, los dos investigadores habían encontrado la mano criminal de Solmanski.
Morosini había pagado también su parte. Solmanski, no contento con haber convertido en una asesina a Adriana Orseolo, la prima preferida de Aldo, había conseguido, mediante un innoble chantaje, obligarlo a él, el príncipe Morosini, a casarse con su hija, la arrebatadora pero inquietante Anielka, viuda de sir Eric Ferráis, probablemente envenenado por ella pese a que el tribunal de Old Bailey no había podido demostrar su culpabilidad.
Ironía del destino: Aldo se encontraba casado con una mujer por la que estaba loco antes de descubrir que ya no la amaba. Suponiendo que la hubiera amado realmente alguna vez. Es tan fácil confundir el deseo con el amor…
Cuando llegó al Andalucía, Aldo fue a tomar una última copa al bar. Una buena manera de ahuyentar las ideas sombrías que se le ocurrían cuando pensaba en la mujer que llevaba su apellido.
