—No me diga que denunció a su propio padre…

—Sí, y a todos los demás. Los encerraron en la fortaleza de Triana, donde fueron interrogados antes de hacerlos comparecer ante un consejo de legistas. Los menos culpables fueron condenados a penas de prisión; los jefes, a la hoguera. El 6 de febrero de 1481 se encendieron, no sólo en Sevilla sino en toda España, las primeras hogueras de la Inquisición. En atención al «servicio» prestado por su hija, Diego de Susan no fue conducido a una de ellas, pero, cuando lo llevaron a la catedral para que se retractara públicamente, rechazó de dientes afuera el cristianismo que lo había protegido durante mucho tiempo y se declaró judío practicante. Unos días más tarde, era arrojado al fuego junto con dos de sus cómplices. La ejecución tuvo lugar fuera de las murallas, en el Campo de Tablada, ante un público muy escaso: la peste aún merodeaba y un profundo malestar pesaba sobre Sevilla. Pero Catalina estaba allí, oculta bajo pobres vestiduras, y las llamas que devoraban a su padre se reflejaban en sus grandes ojos oscuros.

El mendigo tenía la mirada perdida. Parecía haber olvidado por completo el jardín salvaje y estar reviviendo la escena de horror que describía.

—Se diría… que usted también estaba presente —murmuró Morosini.

El comentario fue suficiente para devolverlo a la tierra. Miró unos instantes a su compañero sin decir nada.

—Puede que estuviera… Puede que lo haya soñado. En esta ciudad, el pasado nunca está muy lejos.

—¿Qué fue de ella?

—Se quedó sola. Su crimen fue de los que inspiran repugnancia. Con todo, ella pensaba que con el tiempo las cosas se arreglarían. Los bienes de su padre habían sido incautados, pero ella había conseguido conservar oro, sus alhajas y, sobre todo, un rubí que le habían prohibido llevar porque era una piedra sagrada y el más preciado tesoro secreto de Diego de Susan.



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