
—… Y éste se la quedó.
—No, no. Se la dio a la reina e incluso abogó por la causa de la parricida presentándola como una persona muy unida a la Iglesia que rechazaba con repugnancia la conducta equívoca de su padre. Isabel, entonces, la hizo ingresar en un convento, pero no era eso lo que la Susona quería. Lo que ella quería era recuperar a Miguel. Debido a sus accesos de ira acabaron expulsándola. Después de eso, la única salida que le quedaba era la prostitución, y no la asustaba. Se instaló en esta casa que nadie había querido y que estaba abandonada. Mientras duró su maravillosa belleza, llevó aquí una vida vergonzosa. Con la edad vino la miseria y finalmente la muerte. Dicen que se había arrepentido y que exhaló el último suspiro en los peldaños de la capilla, pero, como usted mismo pudo constatar, la muerte no le reportó descanso. Catalina habita esta casa, perseguida por la maldición del pueblo judío.
—¿Se sabe algo de esa maldición? ¿Hay alguna redención posible para el alma en pena de Catalina?
—Quizá. Si lograse encontrar la piedra sagrada para devolvérsela a los hijos de Israel, la paz descendería sobre ella. Por eso todos los años sale de la casa en busca del rubí y sobre todo del hombre que acepte buscarlo por ella.
—¿Y siempre va a la Casa de Pilatos? ¿Es que el rubí del retrato es el que ella busca?
—Sí. La reina Isabel se lo regaló a su hija, Juana, cuando ésta se fue a los Países Bajos para casarse con el hijo del emperador Maximiliano, Felipe el Hermoso, que la volvió loca. Lo que no puedo decirle, señor, es qué pasó después con él. Le he contado todo lo que sé.
—Es mucho, y se lo agradezco —dijo Morosini, sacando del bolsillo un sobre que contenía la recompensa prometida—. Pero antes de despedirnos me gustaría entrar en la casa.
