Como un encantamiento que se rompe, la línea melódica se detuvo en seco, produciendo un instante de silencio seguido de una tormenta de aplausos bajo la que el muchacho saludó con gravedad.

Aún no tenía catorce años, pero ya era famoso. Dos años antes, ese chiquillo gitano había ganado el concurso de cante que acababan de fundar en Granada el poeta Federico García Lorca y el músico Manuel de Falla. Desde entonces estaba solicitadísimo. Los que velaban por la carrera del joven cantante llevaban a cabo una rigurosa selección, pero ¿qué barrera podía resistir a los deseos de doña Ana, decimoséptima duquesa de Medinaceli, si ésta había decidido convertirlo en la principal atracción de la fiesta que daba en honor de la reina el día de San Isidro?

De pie a unos pasos de las dos damas, en el gran patio iluminado por cientos de velas y de lamparillas de aceite que realzaban el esplendor de los azulejos, el príncipe Morosini se sentía inclinado a dejar de atender al cantante para contemplar mejor a la anfitriona y a su invitada, pues su belleza casi nórdica contrastaba de forma llamativa con la piel y el cabello morenos del resto de los presentes. De un rubio veneciano, ojos claros y facciones delicadamente cinceladas, la mujer que ostentaba el título más importante de España después de la duquesa de Alba permanecía de pie junto al sillón de su soberana, cuyos treinta y seis años y siete alumbramientos no atenuaban en absoluto su belleza. El rubio inglés de la reina, su cutis de camelia y sus ojos de color aguamarina armonizaban de maravilla con la alta peineta andaluza y la mantilla de encaje. Unidas por una verdadera amistad —la reina Victoria Eugenia era la madrina de la pequeña María Victoria, hija de la duquesa, que ocupaba el puesto de dama de honor—, de una edad similar y con un mismo sentido de la elegancia, las dos mujeres parecían realmente salidas de un cuadro de Goya, cuya obra y época eran el tema de la magnífica fiesta organizada en la Casa de Pilatos, el palacio sevillano de los Medinaceli, cuyo encanto cautivaba a Morosini.



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