
—La duquesa no ha dicho nada de eso —dijo en un tono más conciliador, aunque sin pensar ni por un instante en disculparse—. Se ha limitado a dar la lista de sus invitados de anteayer.
—¿Y ha puesto en la lista Morosini sin más?
—N… no. Ha indicado su título. Organizaré un careo entre usted y el sirviente, pero el hecho es que si sobre usted pesan graves sospechas es porque uno de sus iguales…, me refiero a uno de los asistentes a la fiesta, está convencido de su culpabilidad. Esa persona dice que mostraba un interés sospechoso por el cuadro, y como se trata de una personalidad absolutamente…
—Déjeme adivinar de quién se trata. ¿Es quizá mi acusador el marqués de Fuente Salada?
—No tengo por qué revelarle mis fuentes.
—Ya lo creo que va a revelármelas, porque sólo aceptaré participar en un careo con el sirviente si hace venir también a ese personaje, del que tal vez usted ignora que siente por el cuadro en cuestión una auténtica pasión. Yo me limité a mirarlo; él, por un momento creí que iba a cubrirlo de besos.
—¡Nadie besa un cuadro! —repuso Gutiérrez, no sólo cerrado a toda forma de humor sino abiertamente escandalizado.
—¿Por qué no, si se está enamorado de la persona que representa? ¿Usted nunca ha besado una foto de su mujer?
—La señora Gutiérrez, mi esposa, no es de las que permiten esa clase de familiaridades.
Eso, Morosini no lo ponía en duda. Si se parecía a su dueño y señor, debía de ser un verdadero antídoto contra el amor. Pero no estaban allí para discutir sobre la vida privada del comisario.
—Sea como sea, insisto en que si alguien siente un gran interés por ese cuadro es él.
