
Comparto a uno y otro lado un muro con mis vecinos. El patio trasero de mi casa linda con la muralla de la Cité, y la fachada, que mira a poniente, da a un callejón conocido con el nombre de camino del Muñón, pues está truncado como un miembro amputado.
Desde mi asiento junto a esta ventana diviso todo el camino del Muñón, así como un trozo de la Rué de Sabatayre, que se extiende a continuación. Son calles no muy frecuentadas por gente desconocida. Rara vez las enfilan los peregrinos, debido a que no existen asilos en las inmediaciones. Y los marineros y pescadores sienten preferencia por el suburbio de Villeneuve. El mercado Viejo no está muy cerca.
Así pues, puedo decir que conozco la mayoría de los rostros que descubro a lo largo del día.
Aquella cara de allí, por ejemplo, es la de mi inquilino, Hugues Moresi. Ha salido para ir a beber vino; volverá borracho y pegará a su mujer y yo haré como que no oigo nada. La mujer que está junto a la fuente es mi vecina meridional. Aunque no puedo verle la cara, la reconozco por su vestido rojo Genova y los adornos verdes de la capa. Está hablando con su marido, que acaba de volver del molino o de la panadería (lleva las botas manchadas de harina). El único desconocido a la vista se aleja camino de la Rué de Sabatayre. Tiene el andar propio de quien no está acostumbrado al gentío: intercala en sus zancadas de campesino algún paso vacilante al tratar de esquivar a viandantes más ágiles. Su camisola es de tela de Barcelona, con hilos carmesíes entretejidos con hilos de un rojo cereza intenso. Así pues, supongo que debe de venir de poniente.
De todos modos, seguro que no es de aquí. No es Armand Sanche. Reconocería a Armand Sanche incluso de espaldas. Hoy lo he visto y lo he reconocido al momento, pese a que ahora tiene el pelo gris y la nariz rota.
También él me ha reconocido.
