
Fui a mi hotel a descansar unas horas y luego salí nuevamente a vagar por las calles. Ya no tenía las mismas esperanzas de hallar a don Juan. Me di por vencido y regresé al hotel con el propósito de dormir bien durante la noche.
Por la mañana, antes de partir hacia las montañas, recorrí las calles en el coche; no obstante, de alguna manera, sabía que estaba perdiendo el tiempo. Don Juan no estaba allí.
Me tomó toda la mañana llegar al pueblo en que vivían Pablito y Néstor. Arribé a él cerca del mediodía. Don Juan me había acostumbrado a no entrar nunca al pueblo con el automóvil, para no excitar la curiosidad de los mirones. Todas las veces que había estado allí, me había apartado del camino, poco antes de la entrada al pueblo, y pasado por un terreno llano en que los muchachos solían jugar al fútbol. La tierra estaba allí bien apisonada y permitía alcanzar una huella de caminantes lo bastante ancha para dar paso a un automóvil y que llevaba a las casas de Pablito y de Néstor, situadas al pie de las colinas, al sur del poblado. Tan pronto como alcancé el borde del campo descubrí que la huella se había convertido en un camino de grava.
Dudé acerca de qué era lo más conveniente: si ir a la casa de Néstor o a la de Pablito. La sensación de que no estarían allí persistía. Opté por dirigirme a la de Pablito; tuve en cuenta el hecho de que Néstor vivía solo, en tanto Pablito compartía la casa con su madre y sus cuatro hermanas. Si él no se encontraba allí, las mujeres me ayudarían a dar con él. Al acercarme, advertí que el sendero que unía el camino con la casa había sido ensanchado. El suelo daba la impresión de ser firme y, puesto que había espacio suficiente para el coche, fui en él casi hasta la puerta de entrada. A la casa de adobe se había agregado un nuevo portal con techo de tejas. No hubo perros que ladrasen, pero vi uno enorme, que me observaba alerta, sentado con calma tras una cerca. Una bandada de polluelos, que hasta ese momento habían estado comiendo frente a la casa, se dispersó cacareando. Apagué el motor y estiré los brazos por sobre la cabeza. Tenía el cuerpo rígido.
