– Así es. Tal vez haga algunas llamadas telefónicas al Departamento de Estado y otras instituciones semejantes -dije. Carroll arqueó las cejas-. No voy a Londres para visitar el Museo Británico y contemplar el manuscrito de Beowulf. Tengo que llevar un arma. Debo averiguar cuáles son las reglas.

– Ah, claro, en realidad nada sé de esta cuestión.

– Ya lo veo. Por eso voy yo y usted se queda.

Carroll volvió a mostrarme sus perfectas fundas dentales y añadió:

– El billete le estará esperando en el mostrador de la Pan Am en Logan. Espero que tenga un buen viaje. Y también… no sé qué es lo que se dice en estas circunstancias. Debería desearle una buena cacería, pero me parece una expresión excesivamente trágica.

– Salvo cuando la dice Trevor Howard -apostillé.

Mientras salía hice a Jan un gesto de aprobación con los pulgares, como en las viejas películas de la RAF. Creo que se ofendió.

Capítulo 3

En primer lugar telefoneé a la compañía aérea. Me dijeron que podía llevar una pistola siempre que estuviera desmontada, guardada en una maleta y registrada. Las municiones debía trasladarlas por separado. Evidentemente, no podía llevarla conmigo en la cabina del avión.

– ¿Le parece correcto que masque chicle cuando se me tapen los oídos? -pregunté.

– Por supuesto, señor.

– Muchas gracias.

A continuación llamé al Consulado británico. Me informaron de que si llevaba una escopeta no tendría problemas. Podía entrarla y no necesitaba papeles.

– Yo había pensado en un revólver Smith and Wesson del calibre treinta y ocho. Es incómodo portar una escopeta en una funda de cadera. Y pasearla por Londres a babor resulta un poco exhibicionista.

– Por supuesto. Bien, en lo que se refiere a un arma de mano, las reglas dicen que si tiene la licencia correspondiente será retenida en la aduana hasta que reciba autorización del jefe de policía de la ciudad o población que visite. ¿Me ha dicho que va a Londres?



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