
A Jean Schalekamp,
maldito hereje,
traductor y amigo.
Pasa una tropa de soldados rudos:
al hombro el arma, recios y barbudos,
tras de su jefe por la senda van.
Capitán español que fuiste a Flandes,
y a Méjico, y a Italia, y a los Andes,
¿en qué empresas aún sueñas, capitán?
C. S. del Río.
La Esfera.
I. EL GOLPE DE MANO.
Voto a Dios que los canales holandeses son húmedos en los amaneceres de otoño. En alguna parte sobre la cortina de niebla que velaba el dique, un sol impreciso iluminaba apenas las siluetas que se movían a lo largo del camino, en dirección a la ciudad que abría sus puertas para el mercado de la mañana. Era aquel sol un astro invisible, frío, calvinista y hereje, sin duda indigno de su nombre: una luz sucia, gris, entre la que se movían carretas de bueyes, campesinos con cestas de hortalizas, mujeres de tocas blancas con quesos y cántaros de leche.
Yo caminaba despacio entre la bruma, con mis alforjas colgadas al hombro y los dientes apretados para que no castañeteasen de frío. Eché un vistazo al terraplén del dique, donde la niebla se fundía con el agua, y no vi más que trazos difusos de juncos, hierba y árboles. Cierto es que por un momento creí distinguir un reflejo metálico casi mate, como de morrión o coraza, o tal vez acero desnudo; pero fue sólo un instante, y luego el vaho húmedo que ascendía del canal vino a cubrirlo de nuevo. La joven que caminaba a mi lado hubo de verlo también, pues me dirigió una ojeada inquieta entre los pliegues de la toquilla que le cubría cabeza y rostro, y luego miró a los centinelas holandeses que, con peto, casco y alabarda, ya se recortaban, gris oscuro sobre gris, en la puerta exterior de la muralla, junto al puente levadizo.
La ciudad, que no era sino un pueblo grande, se llamaba Oudkerk y estaba en la confluencia del canal Ooster, el río Merck y el delta del Mosa, que los flamencos llaman Maas.
