Nuestro maestre de campo tenía razón. El pánico enemigo fue nuestro principal aliado, y no tuvimos muchas bajas. Diez o doce, a lo sumo, entre muertos y heridos. Lo que es, pardiez, poca cosa si se compara con los dos centenares de herejes que el pueblo enterró al día siguiente, y con el hecho de que Oudkerk cayó muy lindamente en nuestras manos. La principal resistencia tuvo lugar en el Ayuntamiento, donde una veintena de ingleses pudo reagruparse con cierto orden. A los ingleses, que eran aliados de los rebeldes desde que el rey nuestro señor había negado a su príncipe de Gales la mano de la infanta María, nadie les había dado maldito cirio en aquel entierro; así que cuando los primeros españoles llegaron a la plaza de la villa, con la sangre chorreando por dagas, picas y espadas, y los ingleses los recibieron con una descarga de mosquetería desde el balcón del Ayuntamiento, los nuestros se lo tomaron muy a mal. De modo que arrimaron pólvora, estopa y brea, le dieron fuego al Ayuntamiento con los veinte ingleses dentro, y después los arcabucearon y acuchillaron a medida que salían, los que salieron.

Luego empezó el saqueo. Según la vieja usanza militar, en las ciudades que no se rendían con la debida estipulación o que eran tomadas por asalto, los vencedores podían entrar a saco; que con la codicia del botín, cada soldado valía por diez y juraba por ciento. Y como Oudkerk no se había rendido -al gobernador hereje lo mataron de un pistoletazo en los primeros momentos, y al burgomaestre lo estaban ahorcando en ese mismo instante a la puerta de su casa- y además el pueblo había sido tomado, dicho en plata, a puros huevos, no fue preciso que nadie ordenase trámite para que los españoles entráramos en las casas que estimamos convenientes, que fueron todas, y arrambláramos con aquello que nos plugo. Lo que dio lugar, imagínense, a escenas penosas; pues los burgueses de Flandes, como los de todas partes, suelen ser reacios a verse despojados de su ajuar, y a muchos hubo que convencerlos a punta de espada.



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