Pero después de miles de jornadas encerrado en su syfron, había decidido que no tenía nada que perder. Y cruzó de nuevo la reja, bajó hasta los mismísimos cimientos del castillo y se asomó a un pozo mucho más hondo y negro que aquel en que despertara al leviatán.

No debes asomarte aquí, Mikha, le alertó la voz de su maestro Yatom. Es demasiado pronto. Sólo cuando sea el momento, cuando lleguen los dioses…

¿Demasiado pronto?, se preguntó Mikhon Tiq. Llevaba una eternidad dentro del castillo e ignoraba cuánto tiempo le quedaba aún, o si alguna vez saldría de aquel encierro. En los límites de su syfron había sentido los embates del enemigo, arietes de energías oscuras embistiendo contra los muros que lo protegían, y sabía que era Ulma Tor, intentando penetrar en aquel reducto fuera del espacio y el tiempo normales. Para luchar contra aquella criatura maligna, que no era un Kalagorinor ni un dios ni ningún poder de este mundo, sino una entidad surgida de las entrañas del infernal Prates, necesitaba todo conjuro y todo conocimiento que pudiera invocar.

De modo que se asomó al pozo negro, subió al brocal… y se dejó caer al abismo. Al insondable abismo que él mismo llevaba dentro.

Y, como dijo un filósofo en una era tan remota que ni siquiera los cielos eran los mismos, el abismo le devolvió la mirada.

Mikhon Tiq sacudió la cabeza. Sus recuerdos tomaban la forma de volúmenes perfectamente organizados en una enorme biblioteca dividida en salas. Ahora cerró el libro en el que guardaba la memoria de la lucha en los sótanos del castillo y lo colocó en su anaquel. Ya llegaría el momento de rememorar aquello.



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