Por fin llegó la murgaLos Chicos Musicantes. Si nos pagan la copa.Nos vamos al instante.

Gauna llamó una victoria. A pesar de las protestas del cochero y de los ofrecimientos de retirarse, que repetía Massantonio, subieron los seis al coche. En el pescante, al lado del cochero, se sentó Pegoraro; atrás, en el asiento principal, Valerga, Massantonio y Gauna y, en el estrapontín, Antúnez y Maidana. Valerga ordenó al cochero: «A Rivadavia y a Villa Luro». Massantonio trató de arrojarse del coche. Todos querían verse libres de él, pero no lo dejaron bajar.

A lo largo del camino encontraron más de un corso, los siguieron y los dejaron; entraron en almacenes y en otros establecimientos. Massantonio, bromeando angustiosamente, aseguró que si no regresaba en seguida, la señora lo mataría a palos. En Villa Luro hubo un incidente con un chico perdido; el doctor Valerga le regaló un pomo de la marca Bellas Porteñas y después lo llevó a la comisaría o a la casa de los padres. Eso era, por lo menos, lo que Gauna creía recordar.

Pasadas las tres, dejaron Villa Luro. Prosiguieron con el coche hacia Flores y, luego, hacia Nueva Pompeya. Ahora Antúnez iba en el pescante; melosamente cantaba Noche de Reyes. A toda esta parte del trayecto, Gauna la recordaba confusamente. Alguien dijo que, arriba, Antúnez estaba atareado y que el cochero lloraba. Del caballo tenía imágenes caprichosas, pero vívidas (esto es extraño, porque él estaba sentado en la parte de atrás de la victoria). Lo recordaba muy grande y muy anguloso, oscuro por el sudor, vacilando, con las patas abiertas, o lo oía gritar como una persona (esto último, sin duda, lo había soñado); o le veía solamente las orejas y el testuz, y sentía una inexplicable compasión. Después, en un descampado, en un momento lila y casi abstracto por anticipaciones del alba, hubo un gran júbilo.



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