
– Es demasiada plata para una noche de borrachera.
– El carnaval no dura una noche -sentenció Gauna.
Intervino un muchacho que parecía un maniquí de tienda de barrio. Se llamaba Maidana y lo apodaban el Gomina. Aconsejó a Gauna que se estableciera por su cuenta. Recordó el ofrecimiento de un quiosco para la venta de diarios y revistas en una estación ferroviaria. Aclaró:
– Tolosa o Tristán Suárez, no recuerdo. Un lugar cercano, pero medio muerto.
Según Pegoraro, Gauna debía tomar un departamento en el Barrio Norte y abrir una agencia de colocaciones.
– Ahí, repantigado frente a una mesa con teléfono particular, hacés pasar a los recién llegados. Cada uno te abona cinco pesos.
Antúnez le propuso que le diera todo el dinero. Él se lo entregaría a su padre y dentro de un mes Gauna lo recibiría multiplicado por cuatro.
– La ley del interés compuesto -dijo.
– Ya sobrará tiempo para ahorrar y sacrificarse -respondió Gauna-. Esta vez nos divertiremos todos.
Lo apoyó Larsen.
Entonces Antúnez sugirió:
– Consultemos al doctor.
Nadie se atrevió a contradecirlo.
Gauna pagó otra vuelta de vermut, brindaron por tiempos mejores y se encaminaron a la casa del doctor Valerga. Ya en la calle, con esa voz entonada y llorosa que, años después, le granjearía cierto renombre en kermeses y en beneficios, Antúnez cantó La copa del olvido. Gauna, con amistosa envidia, reflexionó que Antúnez encontraba siempre el tango adecuado a las circunstancias.
Había sido un día caluroso y la gente estaba agrupada en las puertas, conversando. Francamente inspirado, Antúnez cantaba a gritos. Gauna tuvo la extraña impresión de verse pasar con los muchachos, entre la desaprobación y el rencor de los vecinos, y sintió alguna alegría, algún orgullo. Miró los árboles, el follaje inmóvil en el cielo crepuscular y violáceo. Larsen codeó, levemente, al cantor. Éste calló. Faltaría poco más de cincuenta metros para llegar a la casa del doctor Valerga.
