Cuando se desprendían de las sudadas prendas deportivas, Lisa inquirió:

– ¿Qué hay de tu padre? Nunca hablas de él.

Jeannie suspiró. Era la pregunta que había aprendido a temer, incluso siendo niña; pero que surgía invariablemente, tarde o temprano. Durante muchos años mintió explicando que su padre estaba muerto, había desaparecido o se encontraba trabajando en Arabia Saudí. Últimamente, sin embargo, confesaba la verdad.

– Mi padre está en la cárcel -dijo.

– Oh, Dios. No debí preguntar.

– No importa. Se ha pasado en la cárcel la mayor parte de mi vida. Esta es la tercera condena que cumple.

– ¿A cuánto le sentenciaron?

– Ni me acuerdo. Carece de importancia. Cuando salga, seguirá sin servir para nada. Nunca se preocupó de cuidar de nosotras y no va a empezar a hacerlo ahora.

– ¿Nunca tuvo un empleo normal?

– Sólo cuando deseaba preparar un golpe. Se contrataba como conserje, portero o guarda de seguridad y trabajaba ocho o quince días, mientras estudiaba el terreno antes de cometer allí el robo.

Lisa le dirigió una mirada penetrante.

– ¿Por eso te interesa tanto la genética de la criminalidad?

– Puede.

– Probablemente no. -Lisa hizo un gesto como si apartara aquello a un lado-. De todas formas, no me gusta nada el psicoanálisis de aficionados.

Entraron en las duchas. Jeannie se lo tomó con calma, tardó más porque se lavaba la cabeza. Agradecía la amistad de Lisa. Esta llevaba poco más de un año en Jones Falls cuando al principio del semestre llegó Jeannie, a la que enseñó el lugar. A Jeannie le encantaba colaborar con Lisa en el laboratorio, porque Lisa era una muchacha en la que se podía confiar. También le gustaba salir con ella al finalizar el trabajo, porque se podía hablar de todo con la muchacha, sin temor a que se escandalizase.



23 из 494