
– Sea -dijo Rodrigo levantándose.
Tomás y Giovanno se acercaron a Silvio de Agrigento y le ayudaron a incorporarse. Éste se acariciaba el cuello con la mano, como si se estuviera ahogando.
– ¡Eufrasia, vino para el cura y todo el mundo fuera! -gritó el señor de la casa.
Silvio de Agrigento tomó asiento e instó a sus criados a salir.
– Pero, señor… -dijo Giovanno de Trieste.
– No temáis por vuestro amo, está en mi casa y tenéis mi palabra de que nada malo le ocurrirá -contestó Rodrigo Arriaga de malas maneras. Parecía un tipo peligroso.
El enviado de Roma sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Quedarse de nuevo a solas con aquel energúmeno era lo que menos deseaba en este mundo, pero una misión era una misión, no tenía elección. Se encomendó a la Virgen e improvisó una rápida Salve.
Cuando todos salieron dejando solos a los dos hombres experimentó el pánico más atroz. Aquel tipo había estado a punto de seccionarle el cuello.
– No tengáis miedo, cura -dijo el otro-. Y hablad. ¿Qué os ha traído aquí?
Silvio de Agrigento bebió todo el vino de un trago y tendió el vaso de madera a su anfitrión.
Entonces, mientras éste le reponía su copa, acertó a decir:
– Tampoco vos tenéis que temer nada. Insisto en que si el negocio que os voy a proponer no os interesa me iré y continuaréis con vuestra vida.
– ¡Imposible! Si me habéis encontrado vos, cualquiera puede hacerlo. Esto me obliga a cambiar de nuevo de escondite, a irme…
– No, no, esperad al menos a escuchar lo que os tengo que decir. Escuchad, os lo ruego.
Rodrigo hizo otra pausa y dijo:
– Sea.
– Os lo contaré todo.
– Mejor así.
– Me llamo Silvio de Agrigento y soy secretario del ilustrísimo Lucca Garesi. -Rodrigo puso cara de no saber de qué le hablaban, así que el sacerdote aclaró-: Supongo que en estos remotos parajes los miembros más renombrados de la curia no son demasiado conocidos.
