– Mi señor fue siempre un hombre atrevido. Ahí está el origen de sus múltiples éxitos en el terreno militar.

– Algo ocurrió entonces que os hizo abandonar vuestro puesto al lado del Rey.

La mirada de Arriaga tornaba a parecer cada vez más fría y dura. El cura tragó saliva y siguió con su exposición:

– Al parecer, una joven a la que frecuentabais se lanzó al vacío desde…

– ¡No se lanzó! ¡Ella nunca hubiera hecho algo así! -interrumpió enfadado Arriaga.

– Perdonadme, he dicho «al parecer». Sólo estaba relatando lo que se dijo oficialmente. Nos consta que la realidad fue bien distinta. Es un secreto a voces que vuestro señor, en fin… digamos que si hubiera sido capaz de yacer con doña Urraca como debía por sus votos matrimoniales, hubiera aunado los reinos de Castilla y Aragón, pero el rey Alfonso tenía gustos más particulares.

Arriaga permanecía impertérrito.

– La joven, Aurora de Bielsa, esperaba un hijo vuestro, ¿verdad, Rodrigo?

El curtido soldado asintió.

– Ni siquiera pudo ser enterrada en sagrado.

– Su padre os culpó a vos.

– Dicen que sigue obsesionado con encontrarme para matarme por haber deshonrado a su hija. No fue así. Yo iba a casarme con ella, pero…

– Vuestro señor se interpuso en vuestro camino.

– Así fue.

– Se rumoreaba que bebía los vientos por vos, aunque bien es verdad que se desahogaba con jóvenes más tiernos.

– Al principio, no tuvo un mal gesto conmigo -repuso Arriaga-. Ni se me insinuó, aunque, la verdad, yo sabía de los rumores que corrían sobre mí y notaba que me tenía en muy alta estima. Debí sospecharlo. Nunca pensé que estuviera tan obsesionado con…

– Cuando supo lo de Aurora no pudo soportarlo y mandó que la eliminaran, ¿no?

Rodrigo asintió:

– Los dos esbirros que hicieron el trabajo están muertos. Y sufrieron de veras, creedme. Me encargué de ello personalmente.

– Pero un rey es demasiado, incluso para vos. Tuvisteis que huir. Se os acusó de sodomita y eso se pena con la muerte.



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