
Alcé la ceja correspondiente.
—Edna me tiene que pasar la Palabra. Cambia esta noche.
—Está bien —dije—. No sé lo que te propones, pero soy pierna.
Cerré el maletín.
* * *
Caminamos de regreso en díreccion a Times Square. Cuando llegamos a la Octava Avenida y al primero de los pavimentos de plastiplex, Halcón se detuvo.
—Espera un minuto —diio. Se abotonó la chaqueta haste el cuello—. Vamos.
Pasearse por las calles de Nueva York con un Cantor (dos años atrás había dedicado mucho tiempo a preguntarme si eso era prudente pare un hombre de mi profesión) es tal vez el mejor camuflaje posible para un hombre de mi profesión. Piensa en la última vez que viste a tu estrella favorita de trideo dar la vuelta a la esquina de la Cincuenta y Siete. Ahora di la verdad. ¿Reconocerías al hombrecito de chaqueta de tweed que la sigue a medio paso de distancia?
La mitad de la gente con que nos cruzábamos en Times Square lo reconoció. Con su juventud, su atuento funerario, pies negros y claro pelo ceniciento, era de lejos el más pintoresco de los Cantores. Sonrisas; miraditas de soslayo; en realidad, muy pocos señalaron o miraron sin disimulo.
—¿Quién exactamente va a estar allí que pueda sacarme de encima este fardo?
—Bueno, Alex mismo se jacta de ser una especie de aventurero. A lo mejor los otros le siguen la corriente. Y puede darte más de lo que podrías sacar malvendiéndolas por la calle.
—¿Les diras que queman?
—Eso probablemente le dará más sabor a la cosa. Es un buscador de emociones.
—Si tú lo dices, amigo.
Descendimos al sub-sub. El hombre de la ventanilla del cambio iba a tomar la moneda de Halcón, y entonces lo miró. Empezó a decir tres o cuatro palabras que resultaron ininteligibles a través de su sonrisa y luego nos hizo ademán de que pasáramos.
—Oh, gracias,—dijo Halcón—, con cándida sorpresa, como si fuese la primera vez que le sucedía algo tan maravilloso. (Dos años atrás me había dicho sabiamente: “Tan pronto como empiece a poner cara de esperar que suceda, dejará de suceder”. Todavia me impresionaba la forma en que vivía su notoriedad. La vez que conocí a Edna Silem y se lo mencioné, ella me dijo con idéntica candidez: “Pero si es por eso que nos eligen”.)
