
Entramos al coche iluminado y nos sentamos en el asiento largo; las manos de Halcón descansaban a sus costados, un pie apoyado sobre el otro. Frente a nosotros una barrita de masca-chicles de blusas claras contenía la risa y señalaba y trataba de que no se notara. Halcón ni se dignó mirarlas y yo, por mi parte, miré, tratando de que no se notara.
Formas oscuras pasaban veloces por la ventanilla.
Debajo del piso gris zumbaban cosas.
Una vez una sacudida.
Una salvada: afloramos a la superficie.
Afuera, la ciudad se vestia con sus mil lentejuelas, que luego arrojaba tras la arboleda del Fuerte Tryon. Repentinamente, a las ventanas del edificio de enfrente le salieron escamas brillantes. Detrás de ellas fulguraron los rieles de una estación. Llegamos a la plataforma bajo una ligera llovizna. El letrero decía: ESTACION DOCE TORRES.
Sin embargo, en el momento en que llegábamos a la calle, el chubasco habia pasado. Las hojas que asomaban por encima del muro chorreaban agua sobre los ladrillos.
—Si hubiera sabido que traía a un amigo habría hecho que Alex mandara un auto a buscarnos. Le dije que había cincuenta por ciento de probabilidades de que viniera.
—Entonces, ¿te parece que está bien que yo me cuele?
—¿Acaso no viniste aquí conmigo otra vez?
—También estuve aquí una vez antes de eso —dije— Sigues pensando que está.
Me fulminó con la mirada. Bueno, Spinnel estaría encantado de recibir a Halcón aunque llevase a la rastra toda una pandilla de verdaderas rocosas. Con un ladrón más o menos presentable, Spinnel la sacaba barata. A nuestra vera irrumpían las rocas, alejándose rumbo a la ciudad. Detrás del portón, a nuestra izquierda, los jardines ascendían hacia la primera de las torres Los doce inmensos y lujosos edificios de departamentos amenazaban a las nubes más bajas.
