
Todos sus esfuerzos no sirvieron para salvar la casa de la lista de estructuras condenadas del ayuntamiento. A pesar del trabajo de Bosch, Gowdy, el inspector de obras que había sido asignado a esa zona de las colinas, mantuvo la etiqueta roja de las casas sentenciadas a la demolición, y entonces empezó el juego del escondite por el cual Bosch entraba y salía de manera subrepticia, como un espía en una embajada extranjera. Clavó lonas de plástico negro en el lado interior de las ventanas que daban a la calle para que no saliera luz alguna. Y siempre buscaba a Gowdy. Gowdy era su perdición.
Entretanto, Bosch contrató a un abogado para apelar la resolución del inspector.
La puerta de la cochera ofrecía un acceso directo a la cocina. Después de entrar, Bosch abrió la nevera, sacó una lata de Coca-Cola y se quedó de pie ante el viejo electrodoméstico, refrescándose con el aliento del refrigerador mientras examinaba su contenido en busca de algo adecuado para la cena. Sabía exactamente lo que había en los estantes y en los cajones, pero miró de todos modos. Era como si esperara la aparición por sorpresa de un bistec olvidado o de una pechuga de pollo. Seguía esta rutina con la nevera abierta con cierta frecuencia. Era el ritual de un hombre que estaba solo, y eso también lo sabía.
En la terraza de atrás, Bosch se bebió el refresco y se comió un sándwich que consistía en pan de hacía cinco días y rodajas de carne de un envase de plástico. Lamentó no tener patatas chips para acompañarlo, porque indudablemente tendría hambre más tarde si sólo se alimentaba del sándwich.
