
Tampoco contiene tanta indignación como Umberto Eco dice en su prólogo, escrito para los primeros textos y del que Saramago se hace eco en un juego insólito protagonizado por dos opinantes sin remedio, que no sólo no nacieron mudos sino que con el pasar del tiempo encontraron muchas palabras para decirnos a todos unas cuantas verdades. Qué suerte tenemos de poder leerlos. No es éste un libro triste, digo, no es un libro tronante, es, simplemente, una despedida. Por eso, José Saramago, pese a estar atento a la anécdota del día o al suceso terrible, pese a usar el humor y la ironía y emplearse a fondo en la compasión, busca también en sus archivos y rescata textos dormidos que son actuales y nos los deja como regalos inesperados, no como un testamento, simplemente ofrendas íntimas que desvelan pasiones y sueños. Pessoa, por ejemplo. Con trazos poéticos pinta el retrato que de sí mismo haría el autor del Libro del desasosiego, o nos acerca al mundo de Kafka, o a la inevitable tristeza de Charlot, o nos describe la soberbia aventura de coronar la cima de la Montaña Blanca, en Lanzarote, un Everest para quien sale de casa con calzado inadecuado, al caer la tarde, sin linterna, mascarilla de oxígeno, sin un mísero bastón para apoyarse en la bajada, seiscientos metros, una nadería para un alpinista en la flor de la edad, una proeza a los setenta años.Y sigue Saramago contando el lenguaje de los ríos, de las aguas que bajan tumultuosas en el río Castril o las mansas de su aldea, Azinhaga, y se enfrenta no una, sino muchas veces con la cosa Berlusconi, esa cosa, sí, habrá que repetirlo porque ahí sigue; se complace en escritores de su idioma, Agustina Bessa-Luís, Aquilino Riveiro, Raúl Brandão, o en Gabo, no hay que decir el apellido del colombiano y mexicano, como lo presentó Carlos Fuentes una noche en México y luego de Saramago dijo que era portugués y mexicano, y fue la definición más hermosa y más real, tantas patrias como hombres tiene la tierra, todos semejantes unos a otros, como se vio en aquel acto de celebración de la literatura en una región que fue transparente y hoy, ay, no lo es, pese a la expresa voluntad de los mejores.