Que defiende a Garzón con la misma fuerza con que se pone al lado de las víctimas, las de África, ya mencionadas, las que en España se quedaron en cunetas tras una guerra que ellos no declararon y nadie, setenta años después, había vindicado hasta que llegaron nietos intrépidos y encontraron a un juez que los oyó y todos, por ese hecho, nos pusimos a hablar e incluso a decir disparates, como si enterrar a los muertos no fuera obligación humana, sólo mandamiento divino para los que se dicen elegidos. A veces Saramago se deja ir en sueños, recupera árboles con Jean Giono, o películas que son la sal de la tierra, o le dice a Almodóvar que con Volver roza la belleza absoluta pero le pone deberes, le señala que tendrá que traducir a imágenes la gran película de la muerte, él que hizo la descripción de una forma de vivir Madrid, tan célebre. O escribe las más bellas palabras de amor en una carta que María Magdalena le dirige a Jesús:«Y cuando, algunos días después, Jesús fue a reunirse con los discípulos, yo, que caminaba a su lado, le dije: “Miraré tu sombra si no quieres que te mire a ti”, y él me respondió: “Quiero estar donde esté mi sombra, si es allí donde van a estar tus ojos”. Nos amábamos y decíamos palabras como éstas, no porque fueran bellas y verdaderas, si es posible que sean una cosa y otra al mismo tiempo, sino porque presentíamos que el tiempo de las sombras estaba llegando y era preciso que comenzásemos a acostumbrarnos, todavía juntos, a la oscuridad de la ausencia definitiva.»Este último cuaderno no abarca un año. De pronto sintió que le quedaban dos libros por escribir y se empeñó en ellos las veinticuatro horas del día. En uno


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