— Estoy de acuerdo con usted.

— Magnifico. Mire, hablemos de la Estación. Como biólogo, le interesará familiarizarse con ella. Seguro que ya tiene alguna pregunta que hacer.

Era evidente que Dimov no quería seguir hablando de Marina.

— Ya que Marina es tema prohibido…

— Es usted excesivamente categórico, colega…

— No insisto. Si me lo permite, le preguntare por Sandra. Allí no lo entendí todo. Sandra se marchó con los tiburones, y Ierijonski desapareció.

— No tiene nada de extraño. Ierijonski sufre mucho por Sandra.

— ¿Amaestran ustedes a los animales de aquí?

— ¿A que se refiere, concretamente?

— Había allí unos tiburones. Sandra se fue con uno de ellos.

— Tome asiento — dijo Dimov, y el mismo ocupó una butaca.

Pavlysh lo imitó. ¿Por que estaría Marina enfadada con él? ¿Qué lo habría hecho merecer tal disfavor?

— Empecemos desde el comienzo mismo. Es siempre preferible — dijo Dimov —. Usted fuma. Yo no, pero me gusta cuando fuman en mi presencia ¿Conoce usted los trabajos de Guevorkian?

Pavlysh recordó al punto el retrato que había visto en el espacioso salón. Mechosas cejas sobre oscuras y profundas orbitas.

— A grandes rasgos. Me hallo todo el tiempo en las naves…

— Está claro. Yo tampoco tengo tiempo de seguir los acontecimientos en las ciencias colindantes. ¿Ha oído usted hablar de la bioformación?

— Naturalmente — respondió Pavlysh con excesiva premura.

— Esta claro — dijo Dimov —, a grandes rasgos. No tiene por que excusarse. Y no debe justificarse. Yo mismo le hice la pregunta casi seguro de que la respuesta sería afirmativa. De lo contrario, sería usted un haragán impertinente, un eterno pasajero que alguna que otra vez cura un arañazo y sabe conectar el pronosticador.



30 из 72