Unos siete minutos después vieron un solitario pájaro blanco que describía círculos a unos doscientos metros sobre las olas.

Al descubrir el flayer, el pájaro cobro altura y quedó inmóvil en el aire, como si quisiera mostrar el punto en que se hallaba Sandra. Pavlysh descendió y quedo a unos diez metros de las crestas de las olas. Pero incluso desde tal altura no vio de golpe a Sandra: su cuerpo se perdía entre las salpicaduras que el viento arrancaba al alborotado mar.

— ¿Ve? — preguntó el sismólogo, asomándose del aparato.

El viento arrastraba el flayer, y hubo que poner en marcha el motor, para no perder de vista a Sandra. Pavlysh sacó la escala, que se desenrolló blandamente y sumergió el extremo en el agua a cosa de un metro de Sandra.

— ¿Qué hay por ahí, Pavlysh? ¿Por qué callas? — dijo la radio.

— No tenemos tiempo para hablar. La hemos encontrado y vamos a subirla.

El pájaro pasó muy cerca de la cabina. En su pecho se veía el ovalado estuche negro de la emisora. El ave ascendió un poco, y su sombra le tapaba el sol a Pavlysh de vez en cuando.

El sismólogo tomó un rollo de cable y bajó hacia el agua. Pavlysh concentró toda su atención para no dejar que el viento apartara el flayer a un lado. Sandra, los brazos extendidos, se mecía en las olas, como en una cuna, y se habría dicho que sus movimientos eran conscientes.

Goguia, asido a la escalera con una mano, trataba con la otra de echar el lazo a Sandra. No lo conseguía. Pavlysh lamentó no poder abandonar el gobierno del aparato. Él lo habría hecho todo mucho más de prisa. Se veía que Goguia jamás había practicado el alpinismo. El cable se escapó otra vez. Al sismólogo le faltaba una mano para hacerlo pasar por los hombros de Sandra. A Pavlysh se le antojó que las oleadas de la desesperación que invadía al sismólogo llegaban a la cabina del flayer.



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