— Me asistirá usted — dijo Dimov a Pavlysh.

Niels atendía la radio.

— Todo va bien — dijo —. No te preocupes, Erico. Ya sabes que si Dimov lo dice…

Sandra dormía. Su respiración era ya acompasada. Tenía el rostro encendido, y en sus sienes brillaban gotitas de sudor.

— ¿Qué le ha sucedido? — preguntó Pavlysh.

— Ha actuado el sistema protector. Si el organismo trabaja con sobrecargas extremas y surge peligro para la vida, el cuerpo cae en un estado parecido al sueño letárgico. Por ahora podemos solo suponer que el terremoto sorprendió a los submarinistas a gran profundidad. Sandra pudo emerger, aunque herida. Tiene fracturadas tres costillas y sufre una gran hemorragia interna. Nadaba hacia la base, pero se le acabaron las fuerzas. Por eso no tuvo más remedio que salir a la superficie. No podía hundirse: cuando se respira por las agallas, los pulmones son como una vejiga de aire. El metabolismo se redujo en varias veces. En cuanto perdió el conocimiento, afloró a la superficie del océano.

Sandra volvió en si enseguida; no sentía dolor.

— Dimov — pronunció trabajosamente —, los muchachos quedaron en la gruta.

— Tranquilidad, nena, no te pongas nerviosa — dijo Dimov.

— Estábamos en la Gruta Azul… comenzaron las sacudidas… Yo me encontraba un poco aparte… Stas dijo que estaba herido… Perdona, Dimov. ¿Lo sabe Erico?

Pavlysh tendió a Dimov una ampolla esférica. Dimov la aplicó al brazo de Sandra, y el líquido penetró en la epidermis.

— ¿Puedes dar las coordenadas?

— Si, claro, yo me apresuraba… seguramente me arrastró la corriente… veinte millas al sudoeste de la isla hay un grupo de escollos, y dos afloran a la superficie…

— Sé donde queda eso — dijo Pflug —. Hace un mes, Van y yo volamos allí.



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