
— Pavlysh, ¿está usted libre en este momento? Salga y pregunte a los pájaros por los escollos.
Pavlysh se puso la careta.
Los tres pájaros se hallaban posados en una gran roca, cerca del refugio, y conversaban en voz baja, moviendo a uno y otro lado sus elegantes cabezas. Sobre ellos se enhiestaba el negro monte torcido, envuelto en humo y en una aureola anaranjada. Hacía mucho que Pavlysh no veía nada tan fabuloso. Parecía que aquello era una saga escandinava: los enormes pájaros blancos, el volcán y la desnuda y fría orilla.
Al ver a Pavlysh, los pájaros se le acercaron apresuradamente.
Uno de ellos preguntó:
— ¿Qué tal Sandra?
— Sandra ha recobrado el conocimiento — contesto Pavlysh — y ha dicho a Dimov que los submarinistas se vieron encerrados en una gruta, unas veinte millas al sudoeste de aquí. Allí debe de haber unos escollos. Dos sobresalen del agua. Pero Van no los recuerda.
— Allí no hay rocas — pronunció otro pájaro —. Sobrevolamos toda esa área. ¿Tu no viste allí rocas, Saint-Venan?
— No, Alan — respondió el pájaro interpelado —. Nunca.
Alan se volvió hacia la otra ave.
— ¿Y tu?
El pájaro dijo:
— Me parece recordar que vi allí dos escollos. Aparecen durante el reflujo. Las puntas se ven entre las olas.
— Gracias, Marina — dijo Alan.
— ¿Marina? — repitió Pavlysh —. ¿Marina?
Pero el pájaro batió bruscamente las alas y se elevó hacia una esponjosa nube.
— ¿Marina? — repitió Pavlysh —. ¿Marina?
— Sí. Pero ¿por qué pierde el tiempo?
Los tres pájaros blancos volaban delante del flayer, un poco más alto. La abundante ceniza del volcán hacia que el aire se viera rojizo, siniestro, y las alas de los pájaros parecían reflejar las llamas de un incendio.
Uno de los pájaros era Cenicienta, que había cambiado de apariencia y no quería que Pavlysh lo supiese…
