
Entraba en casa, la cara tiznada, las manos oliendo a gasolina o a grasa, al carbón quemado de la soldadura, y sus pasos resonaban más poderosos y decididos. Había engordado, se había vuelto más corpulento, o quizás era sólo la seguridad nueva del trabajo, del sobre semanal con su nombre mecanografiado, de la moto que él aceleraba al llegar a los callejones de nuestro barrio por el puro gusto de oír el motor, de sentir la vibración entre las piernas. Sacaba del pozo un cubo de agua y se lavaba en el corral a manotazos, en camiseta, doblado poderosamente sobre la palangana, frotándose con mucho ruido el agua contra la cara y el cuello. Yo escuchaba luego otra vez sus pasos, ahora taconeando, el ruido de las monedas en los bolsillos de su pantalón, y de nuevo la moto alejándose, ahora en dirección a casa de la novia de mi tío. Ya no reparaba mucho en mi presencia: él había dado una gran zancada hacia una vida plena de hombre, y yo me había quedado de pronto muy lejos, en un limbo todavía muy próximo a la niñez. Entraba en el cuarto, apresurado, para ponerse la camisa limpia y la americana, la corbata de visitar a su novia y discutir con los padres de ella los detalles de la boda inminente. Recién afeitado, se mojaba el pelo con brillantina, se peinaba delante de un trozo de espejo, donde me veía, yo quizás leyendo en la cama o sentado junto a mi mesa de estudio, y me decía:
– No leas tanto, que no es bueno.
Lo que tienes que ir haciendo es echarte una novia.
Y se iba, escaleras abajo, adulto, emancipado, dejando tras de sí el olor masculino del jabón y la colonia, saltando los peldaños, despidiéndose al pasar de mi madre y mi abuela, excitado por la segura inminencia de la tarde que le aguardaba, el ruido vigoroso de la moto, las miradas entre admirativas y asustadas de las vecinas que se apartarían para dejarlo pasar en la calle demasiado estrecha.
