El capitán Hope se estaba afeitando cuando el guardiamarina llamó a su puerta. Asintió al recibir el mensaje. Drinkwater vaciló inseguro, sin saber si debía retirarse. Tras unos instantes que parecieron siglos, el capitán pareció satisfecho con el estado de su barbilla, se limpió el jabón y comenzó a atarse el corbatín. Atravesó al joven guardiamarina con un par de acuosos ojos azules encajados en una faz cadavérica y muy arrugada.

– ¿Y usted es…? -dijo sin formular del todo la pregunta.

– D… Drinkwater, señor, guardiamarina.

– ¡Ah, sí! El rector de Monken Hadley solicitó que se le diese este puesto, lo recuerdo bien… -El capitán alcanzó su abrigo-. Cumple con tus tareas, muchacho, y no tendrás que temer, pero asegúrate de saber bien cuáles son…

– Sí… Es decir, sí, señor.

– Bien. Dígale al piloto que subiré enseguida, cuando haya desayunado.

El capitán Hope se puso el abrigo y se giró para mirar por las ventanas de popa, mientras Drinkwater se retiraba cerrando la puerta tras de sí.

El capitán suspiró. Creía que el muchacho era demasiado mayor para ser nuevo pero, con todo, no podía dejar de pensar que bien podía haber sido él hacía cuarenta años.

El capitán tenía cincuenta y seis años pero desempeñaba ese rango sólo desde hacía tres. Al carecer de contactos, habría llegado al fin de sus días como oficial con media paga, de no ser por una guerra ingrata contra las colonias americanas rebeldes que obligó al Almirantazgo a darle empleo. Muchos oficiales competentes se habían negado a luchar contra los colonos, sobre todo los que albergaban simpatías liberales y podían permitírselo. Mientras los rebeldes pactaban con aliados poderosos, los recursos de la Armada Real británica se estaban agotando, pues vigilaban la cauta enemistad de los holandeses, la supuesta neutralidad del Báltico y a los hostiles adversarios franceses y españoles. Ante esta tesitura, sus Señorías se habían arañado los bolsillos y, cuando no quedaba qué arañar, dieron con el cumplidor Henry Hope.



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