
Venga, papá, canta Meus amores. Sí, sí, que cante el abuelo.
Se preguntó si aquellas abejas que sorbían el néctar de las flores blancas del manzano eran de sus colmenas o si venían de la huerta de Gan-dón. Le gustaba el café caliente y muy dulce, pero la taza se le había ido enfriando entre las manos, distraído con la pantalla de la ventana.
¡Meus amores! Aquella balada se la había enseñado un compañero de barracón en Suiza. No tenía mucha memoria para las canciones, pero aquélla le había quedado prendida como una costura de la piel. Le salía de dentro a modo de oración, como himno patriótico de las visceras, fecundado por la cena de patatas renegridas del barracón de emigrantes. Todos los años, desde que había regresado de Suiza y celebraban juntos san José, él cantaba Meus amores. Ya era un patriarca, el más viejo de los Chemín. Aquella balada brotaba como un manto de niebla que les unía a todos, también a los que se habían ido, en un más allá intemporal.
Dous amores a vida gardarme fan: a patria e o que adoro no meufogar, a familia e a térra onde nacín. Sen eses dous amores non sei vivir [2]
Mediada la canción, notó el pecho sin aire como el fuelle hinchado de una gaita. No me encuentro muy bien, dijo por fin. Sabía que aquella reacción iba a ensombrecer la fiesta, como si alguien tirase del mantel y destrozase la vajilla de Sargadelos que Pilar guardaba como un ajuar.
Creo que me voy a echar un poco en la cama.
Era más de lo que podía decir. Tenía la boca seca y culpó de ello al café frío y amargo. Algo, una angustia forastera, le oprimía el pecho, clavándole las tenazas de las costillas en los pulmones. Pero, además, el enjambre de abejas le bullía en la cabeza con un zumbido hiriente, insufrible.
Pepe entendió. Su buen hijo, O'YeYé, con canas en la pelambrera rizada, rasgueó la guitarra y empezó a cantar una de las suyas, Don't let me down!, en un gracioso criollo de gallego e inglés, atrayendo la atención de los más jóvenes. Sólo Pilar le miró de frente, desde el quicio de la puerta, ella, la incansable vigía, con una bandeja de dulces en la mano.
