Y allí estábamos todos, dijo Antonio Ventura, sumergidos en la oscuridad del cine Rex, encogidos en las butacas, con las llamas de la pantalla lamiéndonos la cara. El pescador Manuel tocaba una zanfona y le cantaba al niño rico con un cariño que nos daba envidia.

¡Ay mi pescadito deja de llorar! ¡Ay mi pescadito no llores y a más!

Y entonces fue cuando Charo A'Rubia lloró.

Era el suyo al principio un llorar manso que se confundía con el gemido melancólico de la zanfona. Me di cuenta porque ella estaba muy cerca, justo a mi lado, dijo Antonio Ventura. Cogió un pañuelo blanco y trató de contenerse tapándose los ojos. Pero el llanto iba a más hasta que sus sollozos desbordados ocuparon todo el cine como si saliesen de la propia pantalla. Las cabezas giraron pero después volvieron a su sitio. Los mayores se llevaron el índice a los labios para acallar las preguntas inquietas de los niños. Lloraba Charo A'Rubia y hasta pareció que Spencer Tracy dejaba la zanfona para mirar con melancólica lástima hacia el patio de butacas. Me estremezco al recordar aquel llanto, el mar de lágrimas cayendo sin consuelo, salpicando mi abriguito de cheviot.

El marido de Charo A'Rubia había muerto dos años antes en Terranova. Todo lo que recuerdo de él, dijo Antonio Ventura, es que tenía unas manos enormes con cicatrices en las yemas de los dedos. Me habían llamado mucho la atención porque yo había visto antes esas manos ofreciéndoseme como un cuenco lleno de caramelos. Más tarde me contaron que él mismo se había hecho aquellas heridas, abriéndose la carne a navaja para que con la sangre caliente no se le helasen las manos, un día de frío polar en Terranova.

Charo A'Rubia era mi madre, dijo por fin Antonio Ventura.



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