
—A mí también me gusta —comentó Van Atta, que había levantado la vista para ver qué era lo que le había causado gracia a Leo—. Me lo regaló mi exmujer. Fue una de las pocas cosas que esa perra ambiciosa no se llevó cuando nos separamos.
—¿Usted era un…? —Comenzó, pero no llegó a decir la palabra ingeniero. Ya recordaba. No entendía cómo podía haberse olvidado. Había conocido a Van Atta como ingeniero subordinado, no como ejecutivo superior. ¿Este ambicioso elegante era el mismo idiota que había mandado arriba, a la Administración, para sacárselo de encima en el proyecto de la Estación Morita, diez o doce años atrás? El pequeño Bruce. «Brucie baby.» Sí. Oh, cielos.
Van Atta retiró el par de discos de información que la consola había vomitado.
—Usted me inició en esta carrera. Siempre pensé que le daría cierta satisfacción, por haber pasado gran parte de su vida enseñando, ver progresar a uno de sus ex alumnos.
Van Atta ni siquiera era cinco años más joven que Leo. Reprimió una profunda irritación. No era ningún maestro retirado de noventa años, maldición. Era un ingeniero, todavía en activo, y tampoco tenía miedo de ensuciarse las manos trabajando. Su trabajo técnico estaba tan cerca de la perfección como se lo permitía su conciencia inquieta. Su registro de seguridad hablaba por sí solo. Aplacó su furia con un suspiro. ¿No era siempre así? Había visto progresar a decenas de subordinados, a menudo hombres que él mismo había capacitado. Sí. Y seguramente, Van Atta lo quería hacer pasar por una debilidad y no por algo de lo cual sentirse orgulloso.
