– Son dos chimeneas -dijo-. Aquí debió de estar la cocina -se incorporó y dio unos pasos atrás-. Elevarían el nivel del suelo y sólo ha aparecido la mitad superior. ¿En cuál de ellas asarían al criado…? -añadió vuelto a medias hacia el grupo.

Una de las chimeneas estaba abierta pero la otra estaba cubierta por dos trozos de plancha metálica medio oxidada.

– ¡Qué hallazgo tan fantástico! -comentó el arqueólogo sonriendo encantado a su ayudante, que le devolvió la sonrisa.

Era agradable ver a gente tan satisfecha por su trabajo, desenterrando el pasado, descubriendo secretos, y Rebus pensó que no se diferenciaban mucho de los policías.

– ¿No podríamos hacernos algo ahí para comer? -dijo Bobby Hogan, provocando una carcajada en Ellen Wylie.

Pero Gilfillan, sin hacer caso de los comentarios, se acercó a la chimenea, introdujo los dedos en el hueco entre la mampostería y el metal. La chapa cedía sin dificultad; Marlene le ayudó a despegarla y la depositaron cuidadosamente en tierra.

– ¿Cuándo la taparían? -inquirió Grant Hood. Hogan dio unos golpéenos con los dedos en la plancha metálica.

– No es precisamente prehistórica -comentó.

Gilfillan y su ayudante acababan de quitar la segunda chapa y todos miraron hacia el hueco. El arqueólogo enfocó con la linterna a pesar de que la luz de la lámpara de arco lo alumbraba bien.

No había confusión posible: lo que vieron era un cadáver momificado.

2

Siobhan Clarke tiró del dobladillo de su vestido negro.



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