
Clarke se preguntó si a simple vista se distinguía un grupo numeroso de ambos sexos como solteros y solteras, ya que también podía tratarse de compañeros de oficina. Aunque claro, no llevaban alianza… y aunque fueran de muy diversas edades no había ninguno que pudiera ser confundido con el chico de los recados. Clarke había sondeado a Sandra sobre su grupo.
– Voy con ellos por la compañía, porque yo trabajo en casa de un matrimonio anciano y no tengo ocasión de tratar a gente de mi edad. Y, además, tengo a David -se refería a su hijo de once años-. Salgo con ellos simplemente por tener compañía.
Otra mujer del grupo había comentado algo parecido, añadiendo que casi todos los hombres que se conocen en los grupos de solteros «distan mucho de ser perfectos», aunque las mujeres estaban bien. Pertenecían a un grupo por la compañía.
A Clarke, que estaba sentada en el extremo del banco, le habían invitado dos veces a bailar pero ella rehusó. Una de las mujeres se inclinó sobre la mesa.
– ¡Cómo notan que eres nueva! ¡Parece que lo huelen! -dijo recostándose en el asiento, descubriendo sus dientes y una lengua que se había puesto verde a causa de lo que estaba bebiendo.
– Moira tiene envidia -dijo Sandra-. A ella los únicos que la invitan a bailar son jubilados.
Moira no pudo lógicamente oír el comentario pero se las quedó mirando como sospechando que hablaban mal de ella.
– Tengo que ir al baño -dijo Sandra.
– Te acompaño.
