– ¿Cuánto vamos a quedarnos? -preguntó Sandra.


– Lo que tú quieras. Nos vamos cuando digas.

– Pero si nos marchamos pronto a lo mejor no lo vemos.

– No es culpa tuya, Sandra. A saber dónde estará. Yo pensé que valía la pena probar.

– Esperemos media hora más -dijo Sandra dando la espalda al espejo y consultando el reloj-. Le prometí a mi madre volver a casa a las doce.

Clarke asintió con la cabeza y siguió a Sandra a aquella oscuridad surcada por los fogonazos de los proyectores como si en sus descargas concentraran toda la energía del local.

Al volver a su mesa vieron que el asiento de Clarke estaba ocupado por un joven que pasaba los dedos por el vaho de condensación de un vaso largo que parecía contener simple zumo de naranja. Era evidente que los del grupo le conocían.

– Perdona -dijo levantándose al ver llegar a Clarke y Sandra-, te he quitado el sitio -añadió mirando a Clarke y tendiéndole la mano.

Ella se la dio y notó que se la estrechaba sin soltársela.

– Vamos a bailar -dijo llevándola hacia la pista.

Ella no pudo resistirse y se vio de improviso en aquella vorágine en medio de brazos locos que la rozaban y gritos de otras parejas. Él volvió la cabeza para comprobar que no los veían desde la mesa y siguió tirando de ella. Cruzaron la pista, pasaron una de las barras y llegaron a la entrada.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Clarke.

Él miró a su alrededor y, más tranquilo, se inclinó a decirle:

– Yo te conozco.

Clarke se dio cuenta de pronto de que su rostro le resultaba conocido. «¿Tal vez un delincuente, alguien a quien ayudé a encerrar?», pensó. Miró a su alrededor.

– Tú estás en Saint Leonard -prosiguió él, y ella dirigió la vista a aquella mano que seguía sujetándole la muñeca. Él se percató de ello y la soltó-. Perdona, es que…



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