
– Porque Escocia necesita ya mismo un Parlamento.
– Lo gracioso es haber estado trescientos años sin Parlamento.
Brent estuvo a punto de hacer una objeción, pero Rebus le tomó la delantera.
– Bobby, ya sabes tú que mucha prisa no se dan.
Hogan sonrió al captar que lo decía por el nuevo Museo de Escocia que la reina inauguró antes de que lo hubiesen terminado. Hubo que esconder el andamiaje y los botes de pintura hasta después de la ceremonia.
Gilfillan estaba junto a una escalera retráctil y señaló una trampilla del techo.
– Ahí arriba tenemos el tejado primitivo -dijo cuando ya Dereck Linford pisaba el último peldaño-. No hace falta que suba más, si quiere -añadió Gilfillan viendo que subía decidido- puedo iluminar con la linterna…
Pero Linford desapareció por la abertura.
– Cerremos la trampilla y larguémonos -bromeó Bobby Hogan con una sonrisa.
– Qué ambiente más… especial hay aquí, ¿no? -dijo Ellen Wylie encogiéndose de hombros.
– Mi esposa vio un fantasma -dijo Joe Dickie-. Muchos de los que trabajaron aquí lo vieron. Era una mujer que lloraba. Solía sentarse a los pies de una de las camas.
– A lo mejor era un paciente que murió aquí -sugirió Grant Hood.
– Yo también he oído esa historia -dijo Gilfillan volviéndose hacia ellos-. Era la madre de uno de los criados que trabajaba aquí la noche en que firmaron el Acta de Unión. El pobre murió asesinado.
