
Terminadas las operaciones de inspección de los diversos materiales, manda la ley de este país que voten inmediatamente el presidente, los vocales y los delegados de los partidos, así como las respectivas suplencias, siempre que, claro está, estén inscritos en el colegio electoral cuya mesa integran, como es el caso. Incluso estirando el tiempo, cuatro minutos bastaron para que la urna recibiese sus primeros once votos. Y la espera, no quedaba otro remedio, comenzó. Aún no pasaba media hora cuando el presidente, inquieto, sugirió a uno de los vocales que saliera a cerciorarse de si venía alguien, es posible que hayan aparecido electores, pero si se han topado con la puerta cerrada por el viento, se habrán ido protestando, si han retrasado las elecciones que al menos hubieran tenido la delicadeza de avisar a la gente por la radio y por la televisión, que para informaciones de esta clase todavía sirven. Dijo el secretario, Todo el mundo sabe que una puerta que se cierra con la fuerza del viento hace un ruido de treinta mil demonios, y aquí no se ha oído nada. El vocal dudó, voy no voy, pero el presidente insistió, Vaya usted, hágame el favor, y tenga cuidado, no se moje. La puerta estaba abierta, firme en su calzo. El vocal asomó la cabeza, un instante fue suficiente para mirar a un lado y a otro y para retirarla después chorreando como si la hubiese metido bajo una ducha.
