Parte de los desecados bosques ecuatoriales estaban aún ardiendo, y proyectaban una sombra oscura sobre la tercera parte del continente. La zona reseca se extendía desde el Mediterráneo hasta más allá del ecuador, y nadie podía predecir cuándo terminaría. Era difícil imaginar qué vida había abajo, pues los cambios climatológicos habían hecho imposibles los viejos estilos de vida africanos. Y, al otro lado del Atlántico, la gran base amazónica también se secaba rápidamente, convirtiéndose en un tizón que ardería dentro de unos pocos meses a menos que el clima cambiara.

Volvió la cabeza y Eleanora apareció de nuevo ante su campo de visión, a lo lejos. Abajo, en la Tierra, las arcologías parecían remotas, la ensoñación de un hombre. Pero cuando se estaba aquí arriba, observando las naves que recorrían el espacio entre la Estación y la esfera distante y brillante de Eleanora…

—¿Te interesa hacer ese viaje? —dijo la voz de Hans Gibbs a sus espaldas—. Hay mucho espacio disponible para gente cualificada, y serías una candidata de primera.

El hechizo quedó roto. Judith advirtió que había estado observando el espacio inconscientemente, más fascinada de lo que había esperado. Le miró, interrogante.

—La respuesta es sí —dijo él. Sacudió la cabeza, sorprendido—. Habría apostado mi hígado a que ni siquiera consideraría verte… Te dije que Salter Wherry nunca ve a nadie excepto a unos cuantos ayudantes. ¿Y qué es lo que ahora hace? Accede a verte.

—Gracias.

Hans Gibbs se echó a reír.

—Por el amor de Dios, no me lo agradezcas a mí. Todo lo que hice fue pedírselo… y no esperaba otra cosa sino una rápida negativa. Accedió tan pronto que me pilló desprevenido. Empecé a darle argumentos para que hiciera una excepción en este caso, y luego me di cuenta. Supongo que eso demuestra lo poco que le conozco, a pesar de todos estos años. Si estás dispuesta, podemos ir ahora mismo. Su suite está al otro extremo del Eje Superior, directamente frente a nosotros. Vamos, antes de que cambie de opinión.



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