
Julia miraba a la calle a través de los cristales. Se volvió un instante hacia su hermana.
– Toma, llévame el velo y la chaqueta si vas para allá.
– Sí, voy un momento a ver qué hace Natalia.
Isabel se sentó. Se puso a mirar un pequeño folleto de papel anaranjado con orla de estrellitas que estaba abierto en el costurero: (Día doce-Inauguración de la feria. A las nueve, dianas y alboradas. Las populares gigantillas recorrer n la ciudad. A las once, solemne misa cantada en la Santa Basílica Catedral con asistencia del Gobierno Civil y otras autoridades. A la una…). Lo cerró y se puso a hacer con él un cucurucho. Se curvó el dibujo de un banderillero que aparecía en la portada de atrás y las letras del anuncio (Coñac Veterano Osbor…).
– Y a mí que este año no me parece que estemos en ferias.
Julia no se volvió ni dijo nada. Daba el sol en la casa de enfrente, en unos escudos que tenía la piedra. Isabel vino y se acodó a su lado; le pasó un brazo por los hombros.
– Qué callada estás, mujer.
– Sí, no sé qué me pasa, estoy como dormida.
– La viudita del Conde Laurel.
Delante del mirador se ensanchaba la calle en una especie de plazuela triangular. Había un coche de línea con el motor en marcha y lo rodeaban algunas mujeres de oscuro que hablaban con los viajeros por las ventanillas abiertas. Auparon a una niña para que le diese un beso a uno de los de dentro. En un cartel que había arriba, sujeto a la baca, ponía los nombres de los pueblos.
– Porque tu novio no viene ese año a las ferias, ¿no?
Julia se encogió de hombros y puso un gesto de fastidio.
– Hija, no sé. Que haga lo que quiera.
– ¿Qué es? ¿Que estáis reñidos?
– No, no es que estemos reñidos. Estamos como siempre.
