
Se oyó un chirrido cercano y luego las tres campanadas de menos cuarto en el reloj de la Catedral. Julia tenía los ojos fijos en la baca del coche de línea atestada de bultos y cestas.
– Si pudiera venir por lo menos un día o dos, ahora por las ferias. Hablando es otra cosa. De cartas se harta una, cuando te contesta a una de enfadada, ya ni te acuerdas de por qué era el enfado, porque a lo mejor ya has recibido luego otra suya, y estás contenta. Te aburres de escribir, te aseguro…
– Pero ¿y cómo viene tan poco a verte? ¿No puede?
– No. Siempre tiene cosas que hacer. Ya te digo, dice que es más lógico que vaya yo, que a él aquí no se le ha perdido nada, y que en cambio yo allí podría hacer muchas cosas y que sé yo qué. Ayudarle, animarle en lo suyo aunque sólo fuera.
– Pero y tú, ¿cómo vas a ir, mujer?
– No. Eso no. Podría ir a casa de los tíos como otras veces que me he estado meses enteros. Pero bueno es mi padre. Como que me va a dejar ahora, como antes, sabiendo que está él allí.
– Y É1 ¿qué hace? ¿Cosas de cine, no?
– Sí.
– ¿Es director?
– No, director no. Ha estudiado en un Instituto de Cine, que les dan el título y tiene mucho porvenir, una cosa nueva. É1 escribe guiones, los argumentos, ¿sabes?, o por ejemplo para adaptar una novela al cine. Porque tienen que cambiar cosas de la novela. No es lo mismo. Cambiar los diálogos y eso. Pero también hace él argumentos que se le ocurren.
– Sí-resumió Isabel-. Son esos nombres que vienen en las letras del principio de la película.
– Sí. Lo que pasa con ese trabajo es que hay que esperar mucho para colocar los guiones y ver mucha gente; conocer a unos y otros. Pero luego, cuando se tiene un nombre, ya se gana muchísimo, fíjate.
Julia hablaba ahora con cierta superioridad y la voz se le había ido coloreando.
