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Por aquellos días, mientras se hundían los últimos botes salvavidas de la Unidad Popular, caí preso. Las circunstancias de mi detención son banales, cuando no grotescas, pero el hecho de estar allí y no en la calle o en una cafetería o encerrado en mi cuarto sin querer levantarme de la cama (y ésta era la posibilidad mayor) me permitió presenciar el primer acto poético de Carlos Wieder, aunque por entonces yo no sabía quién era Carlos Wieder ni la suerte que habían corrido las hermanas Garmendia.
Sucedió un atardecer -Wieder amaba los crepúsculos- mientras junto con otros detenidos, unas sesenta personas, matábamos el aburrimiento en el Centro La Peña, un lugar de tránsito en las afueras de Concepción, casi ya en Talcahuano, jugando al ajedrez en el patio o simplemente conversando.
El cielo, media hora antes absolutamente despejado, comenzaba a empujar algunos jirones de nubes hacia el este; las nubes, con formas semejantes a alfileres y cigarrillos, eran blanquinegras al principio, cuando aún planeaban sobre la costa, para luego, al enderezar su itinerario sobre la ciudad, ser rosadas, y finalmente, cuando enfilaban río arriba, transmutarse su color en un bermellón brillante.
En aquel momento, no sé por qué, yo tenía la sensación de ser el único preso que miraba el cielo. Probablemente era debido a que tenía diecinueve años.
Lentamente, por entre las nubes, apareció el avión. Al principio era una mancha no superior al tamaño de un mosquito. Calculé que venía de una base aérea de las cercanías, que tras un periplo aéreo por la costa volvía a su base. Poco a poco, pero sin dificultad, como si planeara en el aire, se fue acercando a la ciudad, confundido entre las nubes cilíndricas, que flotaban a gran altura, y las nubes con forma de aguja que eran arrastradas por el viento casi a ras de los techos.
Daba la impresión de ir tan despacio como las nubes pero no tardé en comprender que aquello sólo era un efecto óptico. Cuando pasó por encima del Centro La Peña el ruido que hizo fue como el de una lavadora estropeada. Desde donde estaba pude ver la figura del piloto y por un instante creí que levantaba la mano y nos decía adiós. Luego subió el morro, tomó altura y ya estaba volando sobre el centro de Concepción.
