
En el cielo de Concepción quedaron las siguientes palabras: ET VIDIT DEUS… LUCEM QUOD… ESSET BONA… ET DIVISIT… LUCEM A TENEBRIS. Las últimas letras se perdían hacia el este entre las nubes con forma de agujas que remontaban el Bío-Bío. El mismo avión, en un momento dado, cogió la vertical y se perdió, desapareció completamente del cielo. Como si todo aquello no fuera sino un espejismo o una pesadilla. Qué ha puesto, compañero, oí que preguntaba un minero de Lota. En el Centro La Peña la mitad de los presos (hombres y mujeres) eran de Lota. Ni idea, le contestaron, pero parece importante. Otra voz dijo: huevadas, pero en el tono se advertía el temor y la maravilla. Los carabineros que estaban en la puerta del gimnasio se habían multiplicado, ahora eran seis y cuchicheaban entre sí. Norberto, delante de mí, las manos enganchadas a la cerca y sin dejar de mover los pies, como si pretendiera hacer un hoyo en el suelo, susurró: éste es el renacimiento de la Blitzkrieg o me estoy volviendo loco sin remedio. Tranquilízate, dije. No puedo estar más tranquilo, estoy flotando en una nube, dijo. Después suspiró profundamente y pareció, en efecto, tranquilizarse.
En ese momento, precedido por un extraño crujido, como si alguien hubiera aplastado un insecto muy grande o una galleta muy pequeña, el avión reapareció. Venía del mar otra vez. Vi las manos que se alzaban señalándolo, las mangas sucias que se elevaban mostrando su derrotero, oí voces pero igual sólo era el aire. Nadie, en verdad, se atrevía a hablar. Norberto cerró los ojos con fuerza y luego los abrió, desorbitados. Santo cielo, dijo, padre nuestro, perdónanos por los pecados de nuestros hermanos y perdónanos por nuestros pecados.
