
¿De qué hablaba?, se pregunta Bibiano. Sería importante, escribe en su carta, que lo recordase, pero por más esfuerzos que hago es imposible. Lo cierto es que Bibiano aguantó hasta donde pudo, luego dijo hasta luego de forma más bien atropellada y se marchó. En la escalera, poco antes de salir a la calle, encontró a Verónica Garmendia. Ésta le preguntó si le pasaba algo. ¿Qué me puede pasar?, dijo Bibiano. No lo sé, dijo Verónica, pero estás blanco como el papel. Nunca olvidaré esas palabras, dice Bibiano en su carta: pálido como una hoja de papel. Y el rostro de Verónica Garmendia. El rostro de una mujer enamorada.
Es triste reconocerlo, pero es así. Verónica estaba enamorada de Ruiz-Tagle. E incluso puede que Angélica también estuviera enamorada de él. Una vez, Bibiano y yo hablamos sobre esto, hace mucho tiempo. Supongo que lo que nos dolía era que ninguna de las Garmendia estuviera enamorada o al menos interesada en nosotros. A Bibiano le gustaba Verónica. A mí me gustaba Angélica. Nunca nos atrevimos a decirles ni una palabra al respecto, aunque creo que nuestro interés por ellas era públicamente notorio. Algo en lo que no nos distinguíamos del resto de miembros masculinos del taller, todos, quien más, quien menos, enamorados de las hermanas Garmendia. Pero ellas, o al menos una de ellas, quedaron prendadas del raro encanto del poeta autodidacta.
Autodidacta, sí, pero preocupado por aprender como decidimos Bibiano y yo cuando lo vimos aparecer por el taller de poesía de Diego Soto, el otro taller puntero de la Universidad de Concepción, que rivalizaba digamos en la ética y en la estética con el taller de Juan Stein, aunque Stein y Soto eran lo que entonces se llamaba, y supongo que aún se sigue llamando, amigos del alma.
