
Me acordé de cómo mi padre solía volver a casa cada noche y hablaba a mi madre de su trabajo. La murga del trabajo empezaba nada más cruzar la puerta, continuaba en la mesa de la cena y acababa en la cama cuando daba el grito de «¡Luces fuera!» a las 8 de la tarde, de modo que él pudiera descansar y recobrar fuerzas para el trabajo que le esperaba al día siguiente. No había otro tema en su vida a excepción del trabajo.
Al llegar a la esquina, otro hombre me hizo parar.
– Escucha, amigo… -empezó.
– ¿Sí? -pregunté.
– Mira, soy un veterano de la primera guerra mundial. Arriesgué mi vida en el frente por este país, pero nadie me quiere contratar, nadie quiere darme un trabajo. No aprecian lo que hice por ellos. Tengo hambre, ayúdame un poco…
– Yo no trabajo. -¿No trabajas? -Como lo oyes.
Continué mi paseo. Crucé la calle hasta la otra acera. -¡Estás mintiendo! -me gritó-. ¡Tú trabajas. Seguro que tienes un trabajo!
Pocos días más tarde, andaba buscando alguno.
4
Era un hombre detrás de un escritorio, con un aparatito en el oído cuyo cable bajaba junto a su cara hasta su camisa, donde tenía oculta la batería. La oficina era oscura y confortable. Iba vestido con un gastado traje marrón, una camisa blanca arrugada y una pajarita raída en los extremos. Se llamaba Heathercliff.
Yo había leído el anuncio en el periódico, vi que el sitio no estaba a mucha distancia de mi hotel.
Se necesita joven ambicioso con visión de futuro. NO ES NECESARIA EXPERIENCIA. EMPIECE EN LA OFICINA DE REPARTOS Y VAYA ASCENDIENDO PUESTOS.
Aguardé en el vestíbulo con cinco o seis jóvenes más, todos ellos tratando de parecer ambiciosos. Habíamos rellenado nuestras solicitudes de empleo y ahora esperábamos. Yo fui el último en ser llamado.
– Señor Chinaski, ¿qué fue lo que le hizo abandonar el trabajo en el ferrocarril?
– Bueno, no veo ningún futuro en el ferrocarril.
