– Entre.

La puerta se abrió y un hombre, alto e imponente, entró en el despacho.

– ¿Señor Houston? -preguntó Merrilee. Cuando el recién llegado asintió, ella lo invitó a pasar con una inclinación de la cabeza-. Me llamo Merrilee Schaefer-Weston. Bienvenido a Fantasía secreta. ¿Ha tenido un buen vuelo?

– Perfecto -respondió él mientras se acomodaba en la butaca que había frente al escritorio. Entonces, le dedicó una encantadora sonrisa-. Llámeme Doug.

– Supongo que tienes una fantasía que quieres ver hecha realidad, ¿no?

– ¿Acaso no la tiene todo el mundo?

– Gracias a este negocio, he descubierto que así es. ¿Preferirías ver primero la isla antes de contarme la tuya? -sugirió Merrilee.

Había notado cierta timidez en su cliente.

– No -dijo él, rebulléndose en el asiento. Parecía incómodo-. Soy reportero del Chicago Tribune.

– Prosigue, por favor -dijo Merrilee, para animarlo.

– Acabo de salir de una relación que acabó muy mal. Durante los dos últimos años, estuve con una mujer, pero no estaba listo para comprometerme. Por supuesto, no se lo dije -explicó mientras se alisaba sus negros cabellos con la mano-. Yo creía que las cosas iban bien… pero las apariencias pueden ser engañosas.

– Y las relaciones pueden ser complicadas y algunas veces desagradables.

– Veo que lo comprende.

Merrilee asintió. Lo comprendía mucho más de lo que Doug podía llegar a imaginar. Se miró el delicado anillo de oro y rubíes que llevaba en el dedo anular de la mano derecha, un símbolo del amor del que había disfrutado demasiado brevemente y que había perdido como resultado de la guerra de Vietnam. Su vida no había salido tal y como había planeado, sino que, como en la mayoría de los casos, el destino había tomado las riendas.

– ¿Cómo se relaciona tu pasado reciente con tu deseo presente?

– Mi ex y yo compartíamos negocios y placer. Nos divertíamos y, como ella estaba bien relacionada en ciertos círculos sociales, yo confiaba en la información que ella me proporcionaba.



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