Pensaba que desenmascarar fraudes científicos era una labor noble e importante, aunque a veces el público no supiera apreciarlo. Frecuentemente, las cartas que recibía después de publicar alguno de sus artículos estaban salpicadas de palabras tales como «idiota», «imbécil», y su favorita: «lameculos».

Después de tantos años había aprendido que el periodismo de investigación era un trabajo desagradecido.

Con el ceño fruncido como prueba de sus pensamientos, observó a la audiencia charlando animadamente y se preguntó a quién elegiría Clausen a continuación. Jeremy lanzó otra mirada furtiva hacia la rubia, que examinaba el carmín de sus labios en un espejo de bolsillo.

Jeremy sabía que las personas que Clausen elegía no formaban parte del acto oficialmente, aunque la aparición de Clausen fuera anunciada con antelación y la gente se peleara desesperadamente con el fin de obtener una entrada para el programa. Lo que significaba, claro, que la mayor parte de la audiencia la formaban personas que creían fehacientemente en la vida después de la muerte. Para ellos Clausen era legítimo. ¿Cómo si no podía saber cosas tan personales sobre seres desconocidos, a no ser que se comunicara con los espíritus? Pero del mismo modo que un mago profesional exhibía su repertorio de una forma magistral, la ilusión continuaba siendo únicamente eso: una ilusión, y justo antes de que se iniciara el espectáculo, Jeremy no sólo había adivinado los trucos de Clausen, sino que además tenía una prueba fotográfica para testificarlo.

Desenmascarar a Clausen sería el golpe de efecto más impresionante que Jeremy habría conseguido hasta la fecha, y ese tipo tendría su merecido. Clausen era un estafador de la peor calaña. Sin embargo, la vertiente pragmática de Jeremy también le indicaba que ése era el tipo de historia que difícilmente captaría la atención del lector, y él deseaba sacar el máximo partido de la ocasión.



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