
RICHARD E. BAEDECKER.
El edificio de la aduana parecía un enorme depósito. Luces amarillas de sodio colgaban de las vigas de metal, dando un aire grasiento y ceroso a la tez de la gente. Baedecker tenía la camisa pegada al cuerpo. Las colas avanzaban despacio. Baedecker estaba habituado a las impertinencias de los vistas de aduana, pero esos hombrecillos de pelo negro y camisa beige establecían nuevos récords de impertinencia burocrática día a día. Un par de metros delante de él, una mujer india mayor esperaba con sus dos hijas, las tres con saris de algodón barato. Impaciente por sus respuestas, el funcionario que estaba detrás del maltrecho mostrador arrojó las dos maletas baratas al suelo del cobertizo. Telas brillantes y estampadas, sostenes y bragas rasgadas se desparramaron. El vista se volvió hacia otro agente y masculló algo en hindi. Ambos sonrieron con sorna.
De pronto el adormilado Baedecker se percató de que uno de los vistas le hablaba a él.
– ¿Cómo ha dicho?
– He preguntado si es esto todo lo que tiene para declarar. ¿No trae nada más? -El sonsonete del inglés con acento indio sonaba extrañamente familiar para Baedecker. Se lo había escuchado a personal hotelero indio en todo el mundo. Sólo que entonces el tono no revelaba suspicacia ni enfado.
– Sí. Esto es todo. -Baedecker señaló el formulario rosa que había llenado antes de aterrizar.
– ¿Es todo lo que lleva? ¿Una bolsa? -El agente alzó la vieja bolsa negra como si contuviera contrabando o explosivos.
– Es todo.
El hombre frunció el entrecejo y se lo pasó desdeñosamente a otro agente de camisa beige, quien trazó una X sobre la bolsa como si la violencia del movimiento pudiera exorcizar posibles peligros.
