Baedecker miró a Maggie Brown y comprendió que era machista pensar en ella como en una niña. La joven tenía ese aplomo y esa actitud alerta que Baedecker asociaba con los verdaderos adultos, no con los que se habían limitado a crecer. Baedecker calculó que Maggie Brown rondaba los veinticinco años, con lo cual era varios años mayor que Scott. ¿No había dicho Joan que la amiga de su hijo era graduada y adjunta de cátedra?

– ¿Has venido a la India sólo para visitar a Scott? -preguntó Maggie Brown. Estaban de nuevo en la calzada circular, acercándose al aeropuerto.

– Sí. No -dijo Baedecker-. Es decir, he venido a ver a Scott, pero lo he hecho coincidir con un viaje de negocios.

– ¿No trabajas para el gobierno? -preguntó Maggie-. ¿La gente del espacio?

Baedecker sonrió ante la imagen que evocaba «gente del espacio».

– Hace doce años que no trabajo para ellos -respondió, y le habló de la empresa aeroespacial de St. Louis para la cual trabajaba.

– ¿Así que no tienes nada que ver con el transbordador espacial? -dijo Maggie.

– Muy poco. Pusimos algunos subsistemas a bordo de los transbordadores y a veces alquilamos espacio en ellos. -Baedecker se percató de que había usado el pasado como si hablara de un difunto.

Maggie se detuvo para observar el resplandor dorado del sol sobre los flancos de la torre de control y los edificios terminales de Nueva Delhi. Se caló un mechón rebelde detrás de la oreja y se cruzó de brazos.

– Es difícil creer que han pasado casi dieciocho meses desde que estalló el Challenger -dijo-. Fue espantoso.



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