
Stevie desapareció y regresó con una taza de té. Té descafeinado de vainilla. Stevie lo encargaba para ella en Mariage Frères de París. Carole se había aficionado a él cuando vivía en la capital francesa y seguía siendo su favorito. Agradecía las tazas humeantes que Stevie le llevaba. El té la reconfortaba. Con la mirada perdida, Carole se llevó la taza a los labios y dio un sorbo.
– Puede que tengas razón -dijo con aire pensativo, echándole un vistazo a la mujer que llevaba años acompañándola.
Viajaban juntas, puesto que Carole la llevaba al plato cuando participaba en una película. A Stevie le gustaba encargarse de todo y hacer que la vida de Carole discurriese con suavidad. Le encantaba su empleo y acudir cada día a trabajar. Cada jornada suponía un reto distinto. Además, después de todos aquellos años aún le hacía ilusión trabajar para Carole Barber.
– ¿En qué tengo razón? -preguntó Stevie, apoyando sus largos brazos en la cómoda butaca de cuero de la habitación.
Pasaban muchas horas juntas en esa habitación, hablando y haciendo planes. Carole siempre estaba dispuesta a escuchar las opiniones de Stevie, aunque al final hiciese algo diferente. Sin embargo, los consejos de su asistente solían parecerle sensatos y valiosos. Para Stevie, Carole no era solo una jefa, sino que más bien parecía su tía. Las dos mujeres compartían opiniones acerca de la vida y a menudo veían las cosas de la misma forma, sobre todo en cuestión de hombres.
